5/19/2007

Virginia Orgullosamente herida


Eran las doce de la noche, en una callejuela con hojas bailoteando en remolinos por el espeso viento y el solo silbido trinante de un camotero que interrumpe a los grillos y los frecuentes tiros a la luna, una pierna cruzaba otra, no en la andanza femenil y de filitreo, aunque sea una musa de hermosa figura, que su misma presencia evita la necesidad de pasarelas y poses, un pie casi pisa el otro y las manos recorren las texturas de cualquier pared que se les ponga en frente, arrastrando los nudillos por la pedregosa pared, lastimándose a sí sola solo para preparar el y calentar el cuerpo para la golpiza que le amenaza, como si dejara entrar a las almas malditas que vuelan en el aire, quienes penetran a través de sus heridas y lograran crear una barrera que evitara que volvieran a herirse. Una loción etílica y persecutora de maldiciones, acompañaron a esta musa que se acerca cada vez mas y mas a la casa de torturas masoquistas, su propio hogar, donde vive un minotauro hembra, menopausica y perturbada, de un poder inimaginable y casi imposible entre las mujeres mexicanas, que inconscientemente tiene el poder de odiar a su propia hija, retroalimentada por un marido también menopausico y violado, el hombre perro, una combinación de un escualido hombre con una raza de esas que solo ladran a las espaldas y cuando uno los encara se orinan del miedo, este hombre perro que agacha la cabeza en cada estrepitosa golpiza, agacha tanto la cabeza que él mismo besa el suelo donde se encuentra la sangre derramada gota a gota, sangre de su primogénita, se unen las fuerzas mas allá de las necesarias para golpear a una chica ebria y descontenta de la vida, la madre toma con ira y despecho el aparato para planchar, como una maza la gira alrededor de su cabeza hasta golpear a la niña, el hombre perro, quien quizás afortunada o desafortunadamente, quien se encontraba besando el suelo, evadió el golpe. Virginia Soto, sacó su cascabel adornado con llaves para introducirlas nuevamente, para girar los engranes que abrirán las mismísimas puertas al infierno, al infierno de una chica que no encuentra nada en su vida mas que el vicio que destruye su pensamiento y preocupación, aniquila la esperanza hacia el futuro y la obliga a los desparpajos y harapientos placeres que solo la abandonan en un ropaje sucio y desgarrado, en un hogar maldito. Al entrar al hogar roto, donde un minotauro vestido con una bata y tubos en la cabeza, un maquillaje barato sobreexpuesto en su rostro, mece una navaja pesada y plana sosteniéndola del cable, asesta golpes a los muebles de un lado a otro, el padre de Virginia solo gime como un perro asustado en una esquina, mientras ella como una acróbata intenta esquivar todos los golpes, el minotauro entubado mece la plancha de aquí a allá, rompe un cristal, unos muebles, las figurillas de porcelana de payasos tristes y nalgones, los dos niños cabezones sentados en la banquita, esperándose a besar, no esperan tal golpe que los rompe en mil pedazos.

La abuela observa a todos sin parpadear, lleva años de muerta, sigue a todos con la mirada, parece que tiene la mirada adecuada para la situación, una mirada enjuiciadora, viendo a aquel filisteo e inocuo ser con la cola entre las patas y tapándose el rostro, parece que la abuela al observarlo le dice que es un imbécil. A Virginia le pide que soporte el maltrato, que esquive la mayor cantidad de golpes que pueda y aquellos que no pueda, que los reciba con orgullo y sin demostrar dolor, eso le da fuerza a Virginia. El minotauro entubado con plancha giratoria, es observado por el retrato de la abuela, la odia tanto así como odia a la musa, es algo de la sangre, odiada desde su niñez por el simple hecho de ser la primogénita, odiada por su madre, quien ahora odia a su hija, el minotauro nunca ha sido minotauro, en un principio fue un becerro tierno e inofensivo, tuvo la mala suerte de vivir con otro minotauro que la transformó en lo que es ahora, para suerte de Virginia, a comparación de su madre, ella se había enfrentado a un minotauro armado con dos machetes, el desafío de Virginia de repente no suena tan amenazador. Rompe el retrato dibujado con carbón, pasa Virginia debajo de la lluvia de vidrio donde se ve roto en miles de trozos el linaje de una familia que representan todas las buenas costumbres. El abuelo por otro lado los observa desde el otro lado del cuarto, seguro, en un lugar alto donde ninguna plancha pueda alcanzarlo, los observa con una sonrisa y un pescado colgando, es el claro ejemplo de optimista ideal, sonríe con el hombre perro, en vez de burlarse de él, intenta calmar a la madre furiosa con la misma sonrisa, y a virginia, aunque no alcanza a verle, porque esta del otro lado de la pared, cuando se aparezca frente a él, aunque sea corriendo, solo le sonreirá. Lamentablemente, la foto es bastante vieja y un poco decolorada, además de que la habían colgado desde muy alto nadie alcanzaba a ver su sonrisa, ahora que la abuela ya no esta, solo espera a que alguien lo voltee a ver.

Como es de esperarse, el minotauro alcanza a la musa, asesta un golpe en el costado de su rostro, la cual la hace caer, Virginia siente que ha sido baleada y se encuentra ahora nadando en un mar dulce, intenta respirar debajo del agua y solo se llena la boca de un sabor exquisito, despierta y se da cuenta que ha bebido su sangre desde mucho tiempo, estuvo desmayada y ahora encuentra al hombre perro, ya con forma humana, un hombre flaco y chaparro, cabello corto y unas cuantas arrugas en su cuello, este se encuentra sobándole el cachete inflamado con un trapo húmedo. Aparece el minotauro pero ahora en su forma humana, todavía con tubos en el cabello y una bata larga. Esperarían que ahora ya tranquila solo fuera una palabra la que pronunciara, perdón, pero esa palabra nunca la ha dicho, se cuenta que la abuela la única vez que dijo eso fue antes de morir, y se lo había dicho a su mascota a quien le había pisado la cola, no es de esperarse que ahora esta mujer diga algo semejante si es que no esta en su lecho de muerte y haya lastimado accidentalmente al escuálido ese que trae a un lado y solo accidentalmente, porque si en verdad tuvo intenciones de lastimarlo, nunca pediría disculpas. Virginia alzó la mirada, le costaba trabajo, el esfuerzo la hacia sentir un estirón de la piel que desgarraba mas la herida haciéndola sumergirse nuevamente en el mar dulce.

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